Chatter⟨ El blog

Artículo··3 min de lectura

Dejar un libro a medias no es fracasar: la regla de las 50 páginas

Hay una idea muy extendida y muy poco examinada: que un libro empezado hay que terminarlo. Nadie la aplica a las series. Nadie la aplica a las películas, ni a los discos, ni a los pódcast. Solo a los libros, y solo porque sí.

Escrito por Roberto Otero GalánLinkedIn

En resumen

  • La regla de las 50 páginas, atribuida a la bibliotecaria Nancy Pearl: si a las cincuenta el libro no te ha dado una razón para seguir, suéltalo.
  • La versión con corrección por edad: a partir de los cincuenta años, resta tu edad a cien y esas son las páginas que le debes.
  • Cuesta soltarlo por el coste hundido, pero lo ya leído está gastado hagas lo que hagas: la decisión real es perderlo o perderlo y gastar más.
  • Quien se da permiso para abandonar empieza más libros, y por eso termina más aunque suelte la mitad por el camino.

01

De dónde sale la regla de las 50

Se le atribuye a la bibliotecaria estadounidense Nancy Pearl y es tan simple como suena: dale cincuenta páginas a un libro y, si a las cincuenta no te ha dado ni una razón para seguir, suéltalo sin remordimientos.

La versión larga es mejor, porque incluye una corrección por edad: a partir de los cincuenta, resta tu edad a cien y esas son las páginas que le debes. A los setenta, treinta páginas. El razonamiento es brutalmente poco sentimental y muy difícil de rebatir: cuanto menos tiempo de lectura te queda por delante, menos sentido tiene gastarlo en algo que no te está dando nada.

A los setenta, treinta páginas. La aritmética es cruel y tiene razón.

02

Por qué cuesta tanto soltarlo

Por el coste hundido. Llevas ciento veinte páginas y dejarlo se siente como tirarlas. Pero esas ciento veinte ya están gastadas hagas lo que hagas: la decisión real no es entre perderlas o salvarlas, es entre perderlas, o perderlas y encima gastar otras doscientas detrás.

Y por una especie de deber cultural difuso, que aprieta más cuanto más premiado está el libro. Un clásico que no te está diciendo nada no te lo está diciendo. Que le haya dicho algo a millones de personas es un dato útil para volver a intentarlo dentro de diez años, no una obligación de terminarlo este mes.

03

Cuándo es el libro y cuándo eres tú

No siempre es el libro, y conviene distinguirlo antes de culpar al autor. Señales de que probablemente seas tú: te pasa con todo lo que abres, incluido lo que sabes de sobra que te gusta; solo lees en los cinco minutos anteriores a quedarte dormido; o estás en una racha en la que tampoco terminas series. Ahí cambiar de libro no arregla nada, porque el libro no es el problema.

Señales de que es el libro: sabes perfectamente qué está pasando y te da exactamente igual; te sorprendes calculando cuántas páginas quedan para el final; o llevas tres sesiones seguidas leyendo por obligación y ninguna por curiosidad. Ese libro no va a mejorar lo suficiente como para compensar las otras trescientas páginas.

Si te descubres calculando cuántas páginas quedan, ya has terminado el libro. Solo falta admitirlo.

04

Qué hacer con el cadáver

Déjalo en una lista aparte: ni en terminados ni en pendientes. Algunos vuelven. Un libro que no te dijo nada a los veinticinco puede funcionarte perfectamente a los cuarenta, y tener anotado dónde lo dejaste y qué te echó para atrás ahorra tener que empezar de cero para descubrir lo mismo.

Y cuéntalo. La parte más útil de abandonar un libro es decir en voz alta por qué, porque obliga a separar «no me gustó» de «no era el momento», que son dos diagnósticos con tratamientos opuestos.

05

El efecto secundario que nadie cuenta

Quien se da permiso para abandonar empieza más libros. Y quien empieza más libros termina más, aunque suelte la mitad por el camino. La cuenta es aburrida pero sale: la política de terminarlo todo no produce más lecturas terminadas, produce menos lecturas empezadas y temporadas larguísimas atascado en el mismo tocho, mirándolo con rencor desde la mesilla.